En las cumbres del firmamento, donde el aire posee la dulzura de la miel y las nubes se extienden como tapices de cristal, habitaba una Pequeña Luz. Su única esencia consistía en brillar y danzar al compás de las risas celestiales. Sin embargo, un día, un rayo de sol inadvertido reveló una sutil grieta en el suelo de algodón. Al asomarse, la luz contempló la Ciudad.
Aquel lugar carecía de la perfección de su hogar; era estruendoso y estaba poblado de sombras. No obstante, hubo algo que la cautivó irremediablemente: el gesto tierno de los humanos al abrazarse para guarecerse del frío. El Ángel Guardián la sorprendió en su asombro y, aunque intentó desvanecer aquella apertura con un gesto de la mano, la semilla de la curiosidad ya había echado raíces.
Desde entonces, la pequeña se evadía del resto de los luceros para regresar a aquel resquicio. Observaba con persistencia a una pareja en particular; veía a una mujer tocarse el vientre con una mezcla de pérdida y esperanza, y al hombre abrazarla como si buscara algo que aún no llegaba.
- Soy feliz aquí —le dijo la Luz al Ángel—, pero aquí todo está completo. A ellos les falta algo, y yo quiero ayudarlos a buscarlo.
- Ven conmigo Alma -El Ángel, con una mezcla de severidad y burla afectuosa, la condujo ante una puerta hecha de niebla: La Cámara de los Suspiros.
- ¿Sabes lo que significa pertenecer? —preguntó el guardián—. Aquí eres eterna, pero allá abajo serás fugaz. En esta cámara, los recuerdos del cielo se convierten en olvido para que puedas llenarte de historias nuevas. Cada suspiro que oyes aquí es el eco de un deseo en la Tierra. Para ir allí, debes renunciar a la inmensidad que te protege.
La Pequeña Luz no parpadeó. Miró sus manos hechas de destellos y luego la ventana de aquella pequeña casa.
- Prefiero ser un latido —sentenció.
Al entrar en la cámara, una manada de ángeles la despojaron de su corona de rayos. No fue un acto de castigo, sino de entrega. Le quitaron su risa celestial y se la cambiaron por un silencio expectante. Su brillo expansivo fue concentrado hasta volverse una chispa diminuta, capaz de caber en la palma de una mano.
- ¿Estás lista, pequeña Alma?
Cerró los ojos y se dejó caer. Mientras descendía, el mundo seguía su curso, ajeno al milagro. Sin embargo, los felinos del hogar de la pareja, detuvieron sus pasos. Con sus ojos de ámbar y plata, ellos sí podían ver el hilo de seda que trazaba su caída. La observaron con detenimiento, maullando una bienvenida secreta mientras la chispa perdía sus alas y ganaba su peso.
El descenso no fue una caída, sino una transformación. El calor del sol empezó a sentirse como sangre fluyendo por venas nuevas, y el azul del cielo se filtró en sus pupilas para convertirse en color. La luz se deslizó hasta encontrar el refugio cálido y oscuro del vientre de aquella mujer.
En una habitación bañada por la luna, el tiempo se detuvo. Aquella inquietud que la pequeña sentía en el paraíso se convirtió en un movimiento rítmico y poderoso. La luz se hizo carne y el silencio se convirtió en el primer eco de un corazón:
Tu-tum, tu-tum, tu-tum.
Durante nueve lunas, sus bordes de energía se convirtieron en piel suave. Ya no veía la ciudad desde lejos; ahora sentía el calor de la voz de su madre atravesando las paredes de su nido de agua.
Una noche, cuando la luna estaba tan brillante como ella solía serlo, el espacio se hizo pequeño. Con un esfuerzo compartido, la pequeña luz atravesó el umbral. El frío del aire la asustó y de su garganta salió el primer llanto: un sonido terrenal, potente y lleno de vida.
Al abrir los ojos, vio el rostro de la mujer que la esperaba y los ojos llorosos de su padre. Supo entonces que había encontrado un paraíso mucho más cálido.
Alma había encontrado su hogar: el hogar de la pequeña Inés.
©Jesús María Salvador
